El sol aún no había terminado de
levantarse esa mañana y ya yo iba subiendo a la altura del Hospital San Juan
de Dios; con una camisa pegada al cuerpo sin mangas, espalda pelada, Ana
María dice que sin duda más bien parezco una nadadora. Camisa sin mangas,
pantalones negros, tenis azules con perlitas amarillas fosforescentes, un
cinturón amarillo en el que suelo llevar agua, suero, una barra energética, mi
virgencita, los anteojos y una suéter por si llovía en el camino de unos 25k,
que por cierto proyecté hacer en unas 3:30 horas. El asunto es que a la altura del San Juan de
Dios y ya subiendo por el bulevar de la avenida central mi facha contrastaba
con las personas que rápidamente iban hacia sus trabajos con abrigo, bufandas y
algunas hasta con gorros para protegerse del frío. Mi mente estaba concentrada en eso de por qué tendrían tanto frío cuando
comencé a notar que la gente me miraba. ¡UM!
me dije, de seguro me puse mal la camisa, pues me veían fijamente todas las
personas con que me topaba y ya llevaba un par de kilómetros. Si es cierto que antes de dejar el carro en
el parqueo tenía como miedo de ir, y que por alguna razón cuando comencé a
caminar iba internamente cantando doy dos
pasos p‘aralante veinte para atrás, y cada vez que lo decía me reprochaba
que no recordaba bien cuántos pasos para atrás dice la canción original, sin
embargo, después de 53 años yo –la verdad, verdad- no le presto demasiada
atención a lo que mi mente se dedica durante el día, ella es autónoma. Así que disimuladamente me revisé y acomodé
la blusa y el pantalón y seguí adelante, muerta de curiosidad pues las personas
indigentes no lograban disimular, ni quitarme los ojos de encima, en particular
hubo uno que me pasó a la altura de la tienda La Gloria y cuando iba por
el Banco Central –ahí por donde está la gordita- todavía iba caminando mirando
hacia atrás, le sostuve la mirada, lo vi de arriba abajo y lo seguí con la
vista hasta más allá de la Universal, en todo momento miraba de reojo. Seguí caminando buscando en mi mente una
explicación para que me vieran y lo otro es que normalmente la gente me habla,
ya había llegado yo a la Fuente de la Hispanidad y contra todo
pronóstico, nadie, nadie me había hablado ¿¿¡¡¡!!!????
No se me quitaba la canción de la cabeza dos
pasitos p‘aralante veinte para atrás y sentía los pies, los dedos de los
pies cómo los sentía. Llegando a La Galera ví las cámaras de TV, me
oculté atrás de una madre y una hija que iban amenamente hablando, con tan mal
cálculo que la joven se quitó rápidamente y me dejó expuesta, di una carrerita
en la misma dirección que ella y le dije: ¡Idiay!
Yo me escondí detrás de ustedes. Y
ella se retiró de mi lado rápidamente y se fue a buscar a su mamá. ¡UM!
le dije a mi interior y seguí pues todavía estaba a unos 18k de mi destino y
cómo sentía los pies, los dedos de los pies.
De este punto hasta el parque de Tres Ríos se me hace eterno, no importa
cuántas veces vaya ni con qué frecuencia.
Seguí adelante me pitaron múltiples choferes de bus, me ignoraron o se
hicieron a un lado más cantidad de romeros, y antes de llegar a Tres Ríos
pasé al baño a revisarme detalladamente si andaba fuera algo inadecuado. En el baño tuve que hacer fila y las personas
que estaban adelante no dejaron de moverse, como para no perder el ritmo,
recuerdo que mi mente se distrajo de la canción: ¿para qué se tienen que mover si vienen caminando y no llevan ni 5k? Y,
ya cuando entraron ¿cómo harán para
moverse y hacer su necesidad? ¿????.
Y me tocó a mi, recuerdo que se me hizo interminable el tiempo, no
lograba subir mis pantalones, y no recordaba si había verificado si la blusa
estaba bien puesta. Y sentía los dedos de los pies, cómo los sentía. Para ese
momento noté que los dedos de las manos se veían hinchados, pero me dije que
era mi imaginación pues a mi ya no se me hinchan los dedos. Ja ja recuerdo que sonreí fue como el karma
de haberme burlado un poco de las que estaban adelante sin dejar de moverse. Seguí el camino en silencio, ignorada y
evitada. Excepto por una señora que
justo a 4k de la Basílica me dijo: “todavía
faltan 4k ¿cómo esperan que llegue?“ “¡ah!
pero ya casi llega de aquí no falta nada“ “pero si me quedo hablando con
usted no voy a llegar nunca y la gente con la que venía la deje pérdida hace
horas“ subió el ritmo y pronto bajando del Ochomogo solo logré divisar la larga
caña con que iba ayudando a su rápido paso.
No había terminado de pasar Taras, cuando para variar un niño
captó toda mi atención: simplemente tomo con sus dos pequeñas manos los cachetes
de una señora que iba con él y mirándola fija y seriamente a los ojos le
preguntó: “tía tíita, ¿usted ha vivido
toda su vida en el mismo planeta?“ No hay nadie en su sano juicio que no se
detenga ante semejante cuestionamiento, sin embargo, ni mi generación ni la que
le sigue tiene suficientes integrantes con capacidad de responder a la altura
semejante cuestionamiento, así que me fui negando con mi cabeza ante la
reacción de todos alrededor de ese pequeño que me llevo a una tarde la semana
anterior, que estaba en el super, buscando algo que no encontrábamos mi mami y
yo, cuando en la sección de lácteos un pequeño cantaba junto a su mamá
“estrellita cómo estas“ y el pequeño le reclamaba a su mamá que cantaba
demasiado bajo, que cantara como en la casa para que todos se contagiaran …
luego de un par de insistencias la mamá cedió y cantaron a viva voz hasta que
el pequeño le dijo llorando: álceme, álceme,
a lo que la madre le preguntó: ¿qué te
duele, qué te duele? Y él entre lágrimas (reales) y tocando su pecho respondió:
“el alma me duele el alma“. Sin duda el resto del día mis pensamientos
estuvieron rondando el que quizás al fin ya está en marcha la generación a la
que le es irrelevante “comerse el mundo“, porque ya son mundo. Regresando al
atípico entrenamiento, tomé el bus de regreso, pagué con un billete de ¢10.000
y el chofer me dijo que no había problema, solo que me dio un billete de ¢2.000
que no me gustó y le pedí que me lo cambiara, entonces me dio moneditas, que
tuve que distribuir en las dos bolsas del pantalón de la cantidad que
eran. Con ellas caminé de regreso por la
avenida central hasta el final del Paseo Colón donde había dejado mi
carro. Así que al menos de regreso asumí
que me volvían a ver porque sonaba como un chilindrín pues las bolsas del
pantalón están a la altura de la rodilla.
Seguía sintiendo los pies pesados, sentía los dedos cada dedo y no podía
creer que había tardado 5:37 horas, más de 2 horas de lo estimado. De camino a la caja saltó a mi cabeza la
pregunta: ¿cómo voy a ir al desierto con
este rendimiento, no voy a terminar ni en una semana la carrera?. Y todo se
puso en modo lentísimo, me pareció que la señora tardaba más que yo sacando la
cuenta, la verdad le entendí ¢7.700 le dí ¢10.000, y cuando me fue a dar el
vuelto se tapó la boca con el dedo índice, indicándome: quédese callada –¡UM!- no es bueno decirme que cese mis
palabras, sin embargo, como me dio ¢5.000 se me ocurrió que me había dejado de
dar ¢300. Solo que como yo tengo debilidad a la hora de sacar algunas
cuentas no tenía cabeza para reclamar y ella volvió a indicarme que me quedara
callada, la persona de atrás con un gesto me dejó ver que ya era mucho
tiempo. Entonces me fui viendo contra el
sol el billete de ¢5.000 para determinar si era o no falso, hasta que reconocí
que no tenía idea cómo saber si era falso o no.
Así que me fui para mi casa.
Todavía con la canción -dos
pasitos p‘aralante veinte para atrás y sentía los pies, los dedos de los
pies cómo los sentía- en la cabeza. Casi
no me pude quitar los zapatos, me acosté y como a las 4 horas un poco más en
mis cabales, y viendo mis pies hinchados como hace 5 años no estaban, recordé
que esa mañana muy foforona había decidido probar una crema antri-rozamiento
que amablemente una buena amiga me compro y me envió. Y cómo la probé, me puse
en toda la planta del pie, el talón, el empeine y cada dedito pues como era mi
cuarto día de romería si la crema servía estaba segura que no tendría una sola
ampolla. ¡ERGO! Mi romería del 1 de
agosto –ingenuamente- la hice drogada, completamente drogada y por la reacción
de las demás a mi alrededor era mega evidente. Ja ja descuido de una de des-empolvada que en lo que va de este siglo
tiene claro que debe probar todo, todo lo que consume, se pone y huele.
VAMOS, VAMOS A DES-EMPOLVARNOS SIN EXCUSAS